Mujeres que migran: en busca de un futuro mejor


El 4 de septiembre se celebra el Día del Inmigrante en reconocimiento de los aportes que hacen los inmigrantes que viven en el país. Sin embargo, es común escuchar discursos en los que se juzga negativamente al migrante, sobre todo quienes vienen de países limítrofes, como una persona que viene a usurpar los recursos del país.


En Pilares trabajamos para promover el desarrollo integral de 470 familias que viven en villas de Buenos Aires. El 75% de ellas son migrantes que llegaron, en su mayoría, de Paraguay, Bolivia y Perú, y en más de la mitad de estas familias la mujer es la jefa de hogar.


Conocer de cerca la realidad de estas mujeres es también conocer sus motivaciones, necesidades y luchas. Ninguna de ellas vino a vivir a la Argentina dejando mejores oportunidades en su país de origen.


Eva María Nuñez vive en la Villa 21-24 de Barracas desde hace 8 años y participa en el Centro CONIN de Pilares desde hace dos. Llegó sola desde Paraguay a la Argentina, recién separada y dejando a su hijo de 6 años y su hija de meses allá, con la promesa de un trabajo. Pero nada salió como lo había planeado. “La señora que me trajo me pidió mi documento para llevar al consulado y no me lo devolvió más. Me había dicho que iba a tener una pieza para mi, que iba a trabajar de 8 a 17 y me iba a pagar $6.000. Pero me terminó pagando $4.000 y trabajaba todo el día y toda la noche”.


Después de 8 meses logró salir de esa casa y recuperar sus documentos gracias a un amigo y se trasladó a Barracas. Consiguió trabajo como empleada doméstica y la familia con la que trabajaba le pagó los pasajes para que pudiese traer a sus hijos a la Argentina. “Pasé muchas cosas acá, pero la Argentina me dio muchas oportunidades. Lo más duro que me pasó en la vida fue dejar a mi bebé y a mi otro hijo, pero tenía una meta de sacarlos adelante. Hoy mi hijo más grande ya está en 3° año de la secundaria y estoy muy orgullosa de eso”, relata Eva, que volvió a formar familia y tiene dos hijos mellizos de 1 año que lleva al Centro CONIN Barracas.



Wiseli Julmice, llegó de Haití hace 2 años y lleva a su hija al Centro de Primera Infancia “Pilarcitos”. Ella cuenta que “desde el terremoto es muy difícil sobrevivir en Haiti" y que "trabajaba en una clínica oftalmológica como recepcionista, pero no era gran cosa. Después de que se rompió todo, no había nada”. Wiseli participa en el taller “Ronda de Palabras”, que dicta Pilares para mujeres que buscan mejorar su español para sentirse más seguras en situaciones de la vida cotidiana, como una entrevista laboral, un trámite legal o una cita médica. A pesar de venir en busca de mejores oportunidades, hoy Wiseli se encuentra desempleada y eso le genera un obstáculo para desarrollar su vida acá. “Toda mi familia es de Haití. La extraño mucho y pienso mucho en ellos. Elegí quedarme acá, mi hija es argentina y allá no hay oportunidades de salud y educativas para ella como hay acá”, explica.


Maribel Escobar llegó desde Potosí, Bolivia, en 2009. “Vine porque no había oportunidades para trabajar y estudiar a la vez donde yo vivía. Quería estudiar para ser maestra y estuve a punto de lograrlo: en 2012 me anoté en el profesorado del Mariano Acosta. Pero en 2014 quedé embarazada y tuve que dejar”, relata Maribel, cuya hija asiste al Centro de Primera Infancia “Floreciendo” de Pilares en Bajo Flores.


“Al principio, me encontré con personas que piensan que porque venís de otro país no podés hacer las cosas bien, o como ellos. Me pasó en el profesorado, que una profesora me decía que yo no iba a poder enseñarle a los chicos con mi acento”, cuenta Maribel. Finalmente logró estudiar para ser promotora de salud y trabaja en una salita en el Barrio Rivadavia 1, a unas cuadras de la Villa 1-11-14, donde ella vive. “Me gusta lo que hago porque hoy tengo la posibilidad de acompañar a mujeres del barrio que viven situaciones de violencia de género y podemos brindarles ayuda profesional”.




A pesar de las barreras estructurales, ambientales y habitacionales que tiene vivir en una villa, para mujeres que vienen de vivir con sus derechos vulnerados y oportunidades de desarrollo limitadas, la villa es una puerta de entrada para que sus hijos tengan otras oportunidades distintas a las que ellas tuvieron. El sacrificio y el desarraigo cobran sentido porque saben que pueden generar un futuro mejor para ellos.




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